Explicar por escrito el desarrollo de las habilidades motrices en las diferentes etapas de la vida.
El aprendizaje motor puede definirse como un cambio relativamente permanente en el rendimiento o en las potencialidades de comportamiento que se puede conseguir mediante la experiencia o la práctica y que implica una serie de modificaciones en el área del SNC que generalmente no se puede observar, que pueden inducir mediante cambios en la actuación en los aspectos cognitivos y motores. Estos cambios se reflejan en una mejora de las capacidades de elaboración de la información (identificación de los estímulos relevantes, selección y establecimiento de los parámetros del programa motor adecuado, establecimiento para un punto de referencia para la corrección de la confrontación entre resultado esperado y resultado real, etc.), que se vuelven más rápidos, económicos y eficaces. Como consecuencia, el movimiento se hace seguro, fluido y preciso.
El
aprendizaje motor se manifiesta gradualmente, con el paso progresivo de una
fase inicial de comprensión de la tarea y de coordinación torpe a una fase
final de comprensión profunda y automatización del movimiento (Glencross,
1993). A medida que se va afrontando una tarea nueva en diversas ocasiones,
incluso de forma simplificada, la incertidumbre va poco a poco dejando paso a
una mayor seguridad y desenvoltura.
Se
distinguen tres etapas relativamente diferenciadas del aprendizaje, dentro de
las cuales existen distintos niveles de evolución de las habilidades: etapa
verbal-cognitiva, etapa motora y etapa autónoma (Fitss y Posner, 1967),
definidas también como de coordinación gruesa, de coordinación fina y de
disponibilidad variable (Meinel y Schnabel, 1977). Los movimientos de tránsito
de una fase a la siguiente no siempre pueden identificarse de forma precisa. De
hecho, las tres etapas describen un proceso evolutivo que verdaderamente no se
puede dividir de forma rígida, en el que pueden darse estancamientos y
regresiones (tabla 6.3).
Etapa verbal-cognitiva o desarrollo de la coordinación gruesa:
Son numerosas las dificultades iniciales que el
individuo tiene que afrontar en una nueva tarea, especialmente si es compleja.
El problema para el principiante es el de comprender cuáles son los objetivos,
cuándo se debe iniciar la acción, cómo nos debemos comportar, a qué debemos
prestar atención, qué hacer y cuáles son los objetivos y los efectos de la
acción. Esta etapa se define como etapa verbal-cognitiva o
verbal-motora (Adams, 1971), por la importancia de los procesos
verbales para conseguir la comprensión cognitiva de la tarea. Algunos
individuos utilizan precisamente verbalizaciones internas como una especie de
guía para desarrollar la acción, prácticamente para explicarse a sí mismos qué
deben hacer. La verbalización desarrolla una doble función: favorece la
organización y ayuda a memorizar las percepciones relativas al movimiento y al
entorno (fig. 6.5). Esta actividad exige un gran esfuerzo de los procesos de
atención y, por tanto, hace difícil la elaboración simultánea de otras
informaciones para desarrollar tareas relacionadas. Por esta razón, las
actividades verbales, útiles en la fase inicial para facilitar la consecución
de una primera aproximación del gesto, pronto pierden importancia (Singer,
Lidor y Caraugh, 1993).
La
estructura del movimiento, en esta fase, se corresponde sólo a grandes rasgos
con lo exigido por la tarea, y el rendimiento es decadente. El individuo
comienza a elaborar una representación mental preferentemente visual, aún torpe
y parcial, del discurso y de la acción. La tarea se desarrolla si las
condiciones son muy favorables. Los errores son frecuentes, el movimiento
tiende a no economizar etapas y las sensaciones motoras son más bien confusas.
Esto determina, a escala del comportamiento visible, tensiones musculares y reducción
de los grados de libertad del movimiento. Los incrementos en el aprendizaje de
la forma base de la acción son inicialmente más bien rápidos y superiores
respecto a otras etapas del proceso de adquisición. Las estrategias útiles para
el desarrollo de la tarea se retienen, mientras que las inapropiadas son
descartadas (Thomas, Thomas y Gallagher, 1993).
Desde
el punto de vista práctico, es importante iniciar el aprendizaje a partir de
algo que el individuo pueda realizar para después avanzar en las adquisiciones
cognitivas. De hecho, la formación de un nuevo esquema motor a menudo se ve
favorecida por el reconocimiento de similitudes entre habilidades que ya se
poseen y habilidades que se deben adquirir. Para simplificar las operaciones de
tratamiento de la información, las condiciones iniciales deben resultar
relativamente fáciles y accesibles y las dificultades deben ser introducidas
gradualmente (desde lo más fácil a lo más difícil, de lo simple a lo complejo).
Los modelos reales, los videos, las fotografías y los diseños aportan
importantes instrucciones visuales capaces de facilitar una representación
inmediata de la acción que se va a efectuar. Las instrucciones verbales deben
orientar la atención del individuo hacia señales pertinentes y, por tanto, ser
muy claras, sintéticas, reducidas a sus nociones más elementales y centradas en
los aspectos más relevantes de la tarea. A las instrucciones verbales y
visuales debe seguir la ejecución real (Schempp, 1992).
Etapa motora o desarrollo de la coordinación fina:
En
esta segunda fase, muchas dificultades cognitivas relacionadas con la
comprensión de la tarea se superan, y el problema ahora es el de afinar la
acción pasando del “qué hacer” al “cómo hacerlo”.
Los programas motores son perfeccionados y la información
derivada del feedback de la respuesta, necesaria para corregir los
errores, es aprovechada. La acción mejora en sus características de precisión,
constancia y fluidez, gracias también al incremento de la importancia funcional
del analizador cinestésico (el sistema de recepción y tratamiento de
la información propioceptiva derivada de los músculos, los tendones y las
articulaciones). La representación interna del gesto deportivo se hace más
detallada y precisa, enriqueciéndose con componentes multisensoriales derivados
de la contribución y de la integración funcional de los distintos órganos de
los sentidos. La eficacia del movimiento reduce los constes energéticos y la
guía subvocal asume menor importancia (Wrisberg, 1993). El descubrimiento de las
regularidades en los acontecimientos relacionados con el rendimiento favorece
la eficacia de la acción y el desarrollo de capacidades provisionales (anticipación). Los
cambios que se constatan en esta fase son más lentos y graduales que en la fase
anterior, pudiendo durar varios días, semanas o incluso meses. Además, durante
el aprendizaje, pueden observarse momentos de estancamiento y hasta de
regresión, seguidos de momentos de progreso. En condiciones favorables, la
tarea se desarrolla fácilmente conforme a un modelo ideal; en situaciones
difíciles y variadas, aún aparecen imperfecciones y errores, con tensión de los
músculos antagonistas y reducción de los grados de libertad.
En
los deportes de situación es importante comenzar a modificar sistemáticamente,
pero de modo gradual, los factores de variabilidad. Las sensaciones
cinestésicas detalladas pueden ser verbalizadas y, por tanto, relacionadas
fácilmente con las instrucciones y explicaciones verbales y visuales, ahora más
sofisticadas y minuciosas.
En
esta fase es importante una actividad introspectiva de análisis de las
características técnicas ejecutivas. Exigir la descripción de las percepciones
subjetivas inherentes a la ejecución favorece la conexión del lenguaje con la
información derivada de los analizadores y tiende a profundizar en los
conocimientos del movimiento (Chamberlin y Lee, 1993; Sinclair y Sinclair,
1994).
Etapa autónoma o desarrollo de la disponibilidad variable:
Después de una práctica intensiva, el individuo
alcanza la tercera y última etapa de aprendizaje. En esta fase, los programas
motores se encuentran bien desarrollados y son capaces de controlar con
precisión la acción. La tarea se desarrolla con seguridad, conservando una
ejecución perfectamente coordinada y eficaz también en situaciones difíciles,
variadas, inhabituales e imprevistas (fig.6.6). Las sensaciones motoras son muy
precisas y específicas, aunque no necesariamente conscientes, y pueden
encontrarse relacionadas fácilmente con las explicaciones verbales. El
individuo posee una rica representación interna multisensorial de la acción
ideal que le permite una confrontación muy precisa, útil para corregir los
errores, entre resultado esperado y resultado real. El lenguaje interno, como
guía del movimiento, ya no resulta necesario, y un análisis excesivo de las
particularidades tiende a dañar seriamente la acción automatizada en curso. Sin
embargo, las instrucciones internas sintéticas y específicas son útiles para
facilitar actividades cognitivas superiores, pudiendo actuar, por ejemplo, como
estudios mnemotécnicos para evocar determinadas acciones tácticas y estrategias
de competición. Es típica de esta fase la automatización de muchas operaciones
mentales, desde la percepción hasta la realización: la atención puede así ser desviada
de la ejecución motora. Los menores costes de atención hacen posible: un
análisis sensorial rápido y preciso de las informaciones ambientales y el
desarrollo de actividades cognitivas “nobles” que requieren tomar decisiones
(como en los juegos colectivos), anticipar dificultades y controlar el estilo
de la ejecución (como en el patinaje artístico). El desarrollo de las
capacidades de precisión se vuelve esencial, especialmente en los deportes
de habilidades abiertas debido a la presencia de imposiciones
temporales que precisan de procesos extremadamente rápidos de tratamiento de la
información (Abernethy, 1991).



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